Filmoteca Me va de Cine. Hablamos de… Funny Games (1997)

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Las reglas están para romperse

“¿Y vosotros qué decís?¿Creéis qué tienen alguna posibilidad?¿Estáis de su lado, verdad?¿Por quién apostáis?”, esta serie de preguntas que realiza mirando directamente a la cámara Paul (Frank Giering), uno de los psicópatas protagonistas de Funny Games, tienen un propósito. En este filme, el autor austríaco Michael Haneke, busca constantemente la complicidad por parte del público de todo aquello que está sucediendo en escena, por inmoral y cruel que sea. Un auténtico ejercicio de auto-consciencia con el objetivo de sacudir conciencias ajenas y provocar una respuesta directa en el espectador.

La obra de Haneke se caracteriza por ir a explorar las diferentes patologías de la conducta humana; lo que realiza en este filme, no deja de tener una línea continuista respecto a sus primeros trabajos como El séptimo continente (1989) o El vídeo de Benny (1992) en relación a su mirada crítica con la acomodada sociedad burguesa. Sin embargo la aproximación a la violencia que se produce durante todo el metraje, se realiza de un modo que resulta realmente incómodo, incluso obsceno.

Funny-Games-5El autor de La pianista (2001) quiere romper esquemas establecidos desde los primeros minutos de metraje. La música clásica que acompaña a la familia en el viaje a casa desde la radio del coche se trunca para dar paso a una estridente melodía de death metal (que volverá a sonar más adelante), y que tapa incluso el diálogo entre personajes. Un arranque, que junto a la entrada de esos llamativos créditos iniciales, además de propinar el primer toque de atención al espectador, resulta toda una declaración de intenciones del cineasta.

Uno de los méritos del director austriaco reside en que sabe dónde colocar la cámara en todo momento sin caer en la obviedad. Así pues, a pesar de no ser testigos de ninguna escena especialmente desgarradora a nivel visual, los niveles de humillación y crueldad que consigue la película toca el extremo de lo insoportable.

Y es que, la provocación es un elemento presente durante toda la cinta, un modo de agitar la mente del espectador, que no puede estar al otro lado completamente ajeno a lo que sucede. Esto revela una actitud del autor un tanto paternalista con su público, y por ende, aleccionador.  No deja de ser una obsesión Haneke por intervenir y participar activamente de todo lo que sucede en su obra, tener el control total y absoluto.

De hecho, aprovechando la escenificación teatral de la película, en muchos momentos el protagonista se dirige directamente a nosotros como interlocutores, rompiendo la cuarta pared cinematográfica. Ya sea mediante guiños o diálogos directos a cámara, la idea es hacer cómplice moral y descolocar a una audiencia (¿demasiado?) acostumbrada a ser sujeto pasivo. La culminación de este recurso narrativo se produce en “la escena del rebobinado”, donde el autor vuelve a romper la barrera de lo ficcional de manera evidente. El mensaje del cineasta parece claro: “Vosotros jugáis, pero yo pongo las reglas y hago trampas si lo veo necesario”. Además utiliza este factor como baza para llevar al espectador exactamente donde quiere y que de esta forma se convierta en un doble juego. Al igual que los jóvenes psicópatas con la familia secuestrada, el autor de La cinta blanca (2009) juega (y controla) con las emociones de su público y los lleva al límite.

Al fin y al cabo, Funny Games no es un filme donde exista cabida para el clásico “happy ending”, en su lugar cabe un espacio para una crítica abierta a la tolerancia y consentimiento del público ante un tipo de contenidos audiovisuales. Además, nos abre una puerta a la reflexión y al debate sobre cómo la violencia se ha convertido en un producto de consumo necesario en nuestro día a día.

 

 

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