Hablamos de… ‘El puente de los espías’ de Steven Spielberg.

 

 

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El binomio privilegiado formado por grandes (cada uno en su ámbito) del séptimo arte cómo Steven Spielberg y Tom Hanks llega a su madurez cinematográfica con su cuarta colaboración tras ‘Salvar al soldado Ryan’ (1998), ‘Atrápame si puedes’ (2002) y ‘La terminal’ (2004). Esta vez en forma de thriller a la vieja usanza con un libreto del joven británico Matt Charman y reescrito por los hermanos Coen, (‘Valor de Ley’ 2010). Un guión que mezcla con acierto diversos géneros: desde el cine estrictamente político-judicial a una cinta de espías al más puro estilo Hitchcock.

El realizador de ‘Munich’- una vez más demuestra ser todo un conocedor y amante de la historia (en especial la norteamericana) – introduciéndonos de lleno en plena época de guerra fría entre Estados Unidos y la antigua Unión Soviética, a finales de los años 50 y principios de los 60. En este contexto nos ofrece una visión muy particular de uno de los fragmentos más trascendentales sucedidos en el pasado siglo y que ayudan a discernir muchos de los acontecimientos políticos que han ido afectando a la sociedad occidental en los últimos años.

Tom Hanks encarna a James Donovan, un abogado (especialista en seguros) del estado de Nueva York, al que le encargan ser la defensa en el juicio sobre un ciudadano ruso capturado (en una brillante escena) y acusado de espionaje por el gobierno de los Estados Unidos.

 

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La soledad del héroe

 

Donovan, sólo es un simple ciudadano, un hombre normal, pero con unos principios firmes y sólidos que le llevarán a crear un vínculo especial con Rudolf Abel, el acusado. Abel es un hombre tan íntegro y fiel sus ideas como nuestro protagonista al que bautizará como “Stoikiy mujik” (‘hombre que se mantiene en pie”). Ésta curiosa relación supondrá para Donovan enfrentarse prácticamente solo al sistema establecido a pesar de poder ser acusado de traidor o antipatriota en un contexto histórico muy delicado, donde la información era clave para dominar la guerra.

Spielberg está muy interesado en este punto en explorar la naturaleza el protagonista ya que éste encarna los valores fundamentales de todo héroe cinematográfico; Bondad, valentía, entereza, sentido de la justicia y estado, además de una moral inquebrantable. El Donovan de Hanks parece una versión actualizada del personaje de James Stewart en el clásico ‘Caballero sin Espada’ de Frank Capra o ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ de John Ford .

Es por ello que esta parte de la cinta se sustenta en gran medida por el poder de convicción que demuestra Hanks en su rol. Vemos como el protagonista sabe reconducir hábilmente una situación de viento en contra, con inteligencia y perseverancia hacia el lugar que más interesa a su país. A la postre servirá como movimiento maestro para esa gran partida de ajedrez en curso entre las dos potencias mundiales del momento.

Tras un primer acto que nos sirve para contextualizar y empatizar con Donovan. Somos testigos de un cambio de tercio, con una brillante secuencia de acción que recrea el derribo de un avión de espionaje norteamericano y la posterior captura de su piloto por parte de las fuerzas soviéticas.

 

Berlín, ciudad de negociaciones

 

Un giro argumental necesario para llevarnos al corazón de la vieja Europa, el Berlín de las dos mitades, que todavía lame sus heridas tras el Holocausto – (la capital de Alemania está recreada a la perfección por el director de fotografía Janusz Kaminski) – y que supondrá el escenario clave donde se desarrollará el resto de la trama. Aprovechamos este punto para destacar también el trabajo de compositor Thomas Newman, que sobresale durante todo el largometraje.

Donovan una vez más se verá abocado a mediar entre dos frentes (tres, si incluimos a los alemanes), en una compleja negociación en campo contrario. En este punto y hasta el clímax, desarrollado en el puente que anuncia el título del filme, somos testigos de un tira y afloja repleto de medias-verdades donde el hilo aparentemente está siempre cerca de romperse.

Sin embargo el suspense peca ser excesivamente sutil y Spielberg apuesta más por un ejercicio de contención y matices, cubierto de sobriedad y elegancia. En este punto nuestro héroe (con Hanks en estado de gracia) sigue siendo ese “Stoikiy mujik”  hasta el final solo a fuerza de valores y principios, buscando alianzas y confiando en sus propios instintos. Los diálogos pues, tienen un peso específico en el cierre del relato, símbolo del fin del conflicto, y por ende, la guerra fría.
 
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Un ejercicio de cine histórico ¿aleccionador?

 

El gran problema que acusa el filme es la visión tan partidista y aleccionadora que nos ofrece tanto el director de ‘Lincoln’ cómo el guión de Charman. Spielberg no sabe distanciarse moralmente del relato, con la creación de escenas donde fabrica su propio muro de contención para dejar muy claro y diferenciar entre quienes son los “aliados” y los “enemigos”. Un hecho que hasta cierto punto se puede considerar un ejercicio capcioso y manipulador.

Sin embargo el realizador también deja caer una pequeña punzada de crítica a la hipocresía de la sociedad norteamericana (y por extensión occidental) amante de los juicios de valor y tan influenciable por los medios de información.

 

Lo  mejor:

  • La actuación de Hanks, en un papel que hubiera firmado James Stewart en su época.
  • La habilidad de Spielberg para trasladar una historia compleja y repleta de líneas de texto para el uso y disfrute del gran público.
  • Su aroma de cine clásico, (excelente fotografía y banda sonora).

Lo peor

  • La cinta se posiciona morlamente y diferencia entre bandos de “buenos” y “malos”.
  • La tensión no se hace evidente como para temer por la vida del protagonista.

 

 

 

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