Jojo Rabbit. Entrañable relato antifascista

En plena Segunda Guerra Mundial mientras el ejército alemán invadía Polonia, un genio llamado Charles Chaplin realizaba una aguda y arriesgada sátira contra el fascismo titulada ‘El gran dictador’ (1940), con Charlot caracterizado a imagen y semejanza del tirano que hacía temblar los cimientos de la vieja Europa. Poco después otro magistral cineasta como Ernst Lubitch, se sumaría al carro aliado de la parodia “antinazi” con la maravillosa ‘Ser o no ser’ (1942). Autores que tenían la certeza que el humor valiente es siempre aquel que apunta a las cotas más altas, y no el que humilla al débil.

Taika Waititi, y Roman Griffin Davis en Jojo Rabbit (2019)

La risa como arma arrojadiza

Con el paso de los años, el Holocausto y el nazismo fueron objeto de crítica por parte de numerosos cineastas, aunque de algún modo, y como lo malvado siempre resulta atractivo para el espectador, Hollywood ha sido a veces benevolente con los nazis, dejando caer un extraño halo de glamour sobre ellos como sempiternos villanos implacables y con cierto sentido del honor, que dudo que merecieran. Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras, 2014) es consciente de todos estos antecedentes y clichés, los recoge y los agita con su coctelera particular en ‘Jojo Rabbit’.

El pequeño Jojo (Roman Griffin Davis) es un niño alemán perteneciente a las Juventudes Hitlerianas. Siente devoción por los nazis y la figura de Hitler al igual que los niños actuales admiran a la mega estrella de fútbol o baloncesto de turno. Su fanatismo es tal, que su mejor amigo -imaginario- es el propio Adolf Hitler (Waititi) que le asesora y anima cuando las cosas se le complican. Jojo, que vive con su madre Rosie (Scarlett Johansson), verá cómo su vida sufre un vuelco cuando descubre que en el ático de su propia casa se esconde Elsa, una niña judía (Thomasin McKenzie) que le hará replantearse el porqué de muchas cosas.

Taika Waititi, y Roman Griffin Davis en Jojo Rabbit (2019)

Bajo el prisma de un niño

Waititi es hábil para realizar el paralelismo entre el tránsito de la niñez a la adolescencia junto a la idea del nazismo como ideología que se nutre del miedo, la ignorancia y la osadía, características perfectamente atribuibles a un niño. Aunque parezca mentira, la memoria es corta y los nuevos fascismos cada vez se sienten más cómodos en el mundo actual de las grandes desigualdades y poblaciones multi-culturales. Así que no viene mal, que de vez en cuando -en lugar de regalarles propaganda gratuita-, alguien se atreva a mofarse de ellos en su cara y recordarles la absurdez de sus sermones, aunque sea en formato de comedia amable con toques hilarantes como ésta.

A nivel estilístico, Waititi recrea un Tercer Reich luminoso, colorido y visualmente agradable -muy cercano al cine de Wes Anderson por cierto-, entre otras cosas porque no hay que olvidar que todo lo que vemos, lo hacemos a través de los ojos del propio Jojo. El uso de está óptica no es única, lo vimos en filmes como ‘El niño con el pijama de rayas’ o ‘La vida es bella’. Pero al igual que esa visión ingenua se utiliza como reclamo hasta el límite de la pornografía emocional en esas obras, en este filme se usa el punto de vista de Jojo como contra-prestación humorística, como medio de hacer accesible y digerible un terreno -que con sus numerosas esvásticas, vítores al kaiser y brazos en alto- en condiciones normales podría resultar hasta cierto punto incómodo.

Es más, un filme que se atreve a repetir las palabras “HailHitler” más de treinta veces en una misma escena o mostrar diferentes divagaciones existenciales entre un mocoso y un excéntrico Adolf Hitler y que resulte lo opuesto a hacer apología del nazismo, tiene que valorarse como se merece.

Roman Griffin Davis, Taika Waititi y Scarlett Johansson en Jojo Rabbit (2019)

Una comedia con sustancia

De todos modos, aunque ‘Jojo Rabbit’ contiene una buena colección de momentos que empujan a la carcajada, no abandona su aspecto más puramente dramático. Este hecho, supone un avance respecto a otras comedias de su realizador que apostaba en exceso por la sucesión de gags -por muy divertidos que fueran-. Así pues, resulta evidente y curioso el contraste entre los momentos de Jojo junto a sus compañeros de campamento, soldados del partido nazi o miembros de la Gestapo, -que resultan auténticas caricaturas al nivel de los sketches de Monty Python o los dibujos de la Warner-, con aquellos que comparte junto a su madre Rosie.

Se suma a su vez la relación amor-odio con el personaje de Elsa, que influye directamente en esa percepción distorsionada del mundo de prejuicios de Jojo. Waititi, quiere marcar diferencias entre los personajes que merecen atención y los que solo se justifican por lo ridículo que presentan.

¿Estos cambios de tono funcionan? Pues, aunque están justificados, no están siempre igual de bien resueltos. No obstante, estas nuevas tonalidades le suman al filme ciertos matices que por su planteamiento inicial uno no podía sospechar. Momentos acentuados gracias al buen hacer de su elenco; desde Roman, que lleva el peso de la trama y destila un carisma y ternura envidiables, pasando por Thomassin que encarna a una Elsa que transmite a la par fragilidad y racionalidad estando en completa sincronía con Jojo como figura fraternal, hasta esos desternillantes secundarios nazis como Sam Rockwell, Rebel Wilson, Alfie Allen, Stephen Merchant o el propio Taika Waititi que resultan de lo más jocoso y divertido.

Thomasin McKenzie y Roman Griffin Davis en Jojo Rabbit (2019)

Obra simpática e imperfecta

Pero, sin duda, brilla con luz propia una Scarlett Johansson completamente convincente que logra que conectemos con la “parte más seria” de la cinta, en su papel de madre solidaria, sensible y su vez, repleta de integridad. Es ella la que induce en Jojo el concepto del amor como elemento catártico y fuerza natural muy por encima del odio por bandera que alimenta en pensamiento nazi.

Esta analogía, puede resultar una visión algo simplista, dulcificada e incluso cursi para abordar temas como el fascismo o el tránsito a la madurez. Sin embargo, el contexto de la niñez da pie para jugar con estos discursos. Al fin y al cabo, y aunque no lo parezca, estamos ante una cinta familiar y para todos los públicos, que no deja de subrayar cómo afrontar todos esos miedos e inseguridades de los más pequeños… que no comprenden del todo el mundo que los rodea.

En definitiva, ‘Jojo Rabbit’ es una obra bienintencionada y que deja buen poso, pese a ello, no es ni mucho menos una sátira al nivel de Chaplin o Lubitsch. Ni es lo suficientemente irreverente en la comedia ni sólida a en lo melodramático. No obstante, seríamos muy injustos si le negaramos sus méritos. Con sus imperfecciones, la cinta de Waititi sigue siendo recomendable, especialmente para disfrutar en familia. Dedicada a desmemoriados que solo saben ver y moverse en una dirección, a los que únicamente les valen blancos o negros. Porque al fascismo hay que combatirlo siempre, y si es a base de risas, pues mejor que mejor.

¿Ya has visto ‘Jojo Rabbit’?¿Qué te ha parecido? Puedes dejar tu opinión en nuestra caja de comentarios.

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