Sitges 2017: ‘The Killing of a Sacred Deer’

Tras darse a conocer con la perturbadora ‘Canino’, el realizador griego Yorgos Lanthimos no ha parado de hacer un cine donde pone en entredicho los valores de la sociedad actual con un retorcido sentido del humor. Su última película, de estelar reparto, decide ahondar en el tema de la culpa y la paternidad.

Protagonizada por Colin Farrell, cirujano de éxito casado con una brillante oftalmóloga a la que da vida Nicole Kidman y con dos virtuosos hijos, ‘The Killing of a Sacred Deer’ nos explica la historia de este tipo, aparentemente normal, pero que tiene extraños encuentros con un adolescente (Barry Keoghan).

Con reminiscencias a Lars Von Trier y sobre todo a Michael Haneke (cierta escena es como ‘Funny Games’), tras un primer acto misterioso, ‘The Killing of a Sacred Deer’ propone al protagonista un difícil dilema moral que deberá resolver al lado de su esposa.

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En este punto debemos asumir que ‘The Killing of a Sacred Deer’ no busca el realismo ni lo pretende, y debemos seguir en su juego de escenas metafóricas y momentos que no se suceden en la vida real, sino en el universo onírico de los protagonistas de la película, que actúan con total normalidad ante hechos inexplicables.

Este universo es la gran virtud y, a la vez, el gran defecto del cine de Yargos Lanthimos. Si bien está bastante claro a qué punto quiere llegar la película, a menudo esta se pierde en metáforas algo incomprensibles (como las conversaciones sobre un reloj) y en un desenlace que se veía venir que no impacta todo lo que podría.

Esta atmósfera incómoda e inquietante seduce y mantiene pegado a la butaca. Ahora bien, por otro lado cuesta conectar con el universo del filme, dada la impostación de los actores. Lanthimos es único cogiendo a dos intérpretes de reconocido talento, como Kidman y Farrell, para obligaros a actuar con diálogos antinaturales y reacciones apáticas ante lo que sucede.

Acostumbrados al cine “character-driven” (los personajes son el centro de la trama), encontrarse con ‘The Killing of a Sacred Deer’ es navegar en un universo donde los protagonistas son meras marionetas de su autor, como si este jugase a ser Dios introduciendo a personajes sin alma en situaciones difíciles. Y eso es lo que logra que no se conecte al 100% con la película: si los protagonistas son muñecos y no humanos cuesta sentirse identificado con sus errores y acompañarlos en el duro camino de las decisiones que deben tomar. Al único personaje que le puede funcionar este rol es del personaje que interpreta Barry Keoghan, todo frialdad.

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En este sentido, y volviendo a Haneke, el autor austríaco se moja mucho más, permitiendo a sus actores ser “humanos” y que suframos como sufran ellos. Lanthimos, en cambio, se limita a darnos el papel de voyeurs. Es por eso que si el director griego pretende hacer una crítica a ciertos aspectos de la sociedad (como la dualidad alegría/hastío que produce la paternidad) esta se queda a medias por su impostado estilo.

‘The Killing of a Sacred Deer’ funciona bien como ejercicio estético de cine perturbador pero su estilo impostado hace que no acabemos sintiendo nada por sus personajes. ¿Tiene sentido la crítica social cuando no podemos identificarnos con los personajes y, por tanto, no nos podemos sentir mal ante lo que estamos viendo? ¿O es que Yorgos Lanthimos quiere justo lo contrario, que sintamos satisfacción ante las desgracias de personajes ajenos? ¿Acaso quiere que seamos fríos como el personaje del adolescente?

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Lo mejor

  • Algunas de sus escenas atraen por lo perturbador
  • Barry Keoghan está perfecto en su papel de frío adolescente

Lo peor

  • Cuesta sentir algo por sus personajes
  • Algunas de sus metáforas resultan gratuitas

Lee más crónicas del Festival de Sitges 2017 haciendo clic aquí.

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