Sitges 2019: ‘The Lodge’

 

Cinco años atrás de ‘The Lodge’, los realizadores austriacos Severin Fiala, Veronika Franz se presentaron ante el gran público con la ópera prima ‘Goodnight Mommy, un tenso thriller psicológico con reminiscencias al cine de Haneke y Polanski.

Grace observa la nieve desde la ventana en 'The Lodge'

Producida por la nueva Hammer, la trama del nuevo filme vuelve a centrarse en el núcleo familiar. Una futura madrastra queda atrapada en una casa en la montaña y alejada de la civilización con los dos hijos de su prometido, que ha vuelto a la ciudad por causas laborales. Pronto la relación entre el trío protagonista entra en conflicto y entonces, comienzan a sucederse algunos acontecimientos extraños y aterradores.

Al igual que sucedía en ‘Hereditary’ de Ari Aster, la historia tiene un arranque realmente potente y se centra en el punto de vista de los niños, Aidan (Jaeden Martell) y Mia (Lia McHugh) que nos transmiten perfectamente esa angustia e incomprensión que sufren los menores que sufren tragedias o traumas familiares y que rápidamente deben adaptarse a una nueva situación.

Lia ya había participado en cintas de horror de nivel cuestionable como ‘Totem’ o ‘Tell me your name’, en cambio a Jaeden lo conocíamos por ser el Billy de la nueva versión de ‘It’. Ambos se complementan muy bien, siendo sus personajes muy leales el uno con el otro, y dando la contra-réplica a los adultos, su padre Richard (Richard Armitage) y a su nueva madrastra, la enigmática Grace.

 

Aidan y Mia, aterrorizados en 'The Lodge'

Atrapados en un infierno de nieve

Si bien Richard apenas tiene presencia en el relato (y esa es la gracia, en cierto modo),  el personaje de Grace, encarnada por Riley Keough (‘La casa de Jack’) es el personaje más interesante y mejor trabajado del filme, ya que a partir del segundo tercio, el enfoque pasa directamente a ella. La interpretación de Keough es notable, ya desde su irrupción ante la mirada desconfiante de Aidan y Mia, pasando por los momentos mientras convive y se esmera en crear vínculos y ser reconocida como figura maternal con ellos. La protagonista va descubriéndose paulatinamente reflejando sus demonios internos, relacionadas con un pasado traumático (donde la religión juega un papel esencial), hecho que de algún modo le une con sus hijastros, pero que se resiste a revivir.

En este punto de la trama, la sensación de aislamiento es un punto muy a favor en el desarrollo del filme, que suma de un modo muy orgánico en pos de la intriga, y es que la casa de la montaña, con ese nebuloso entorno nevado, favorece a la percepción de frialdad existente en la relación entre los personajes, pero no solo eso, ya se convierte en un elemento clave en que altera el factor psicológico de estos.

El guión está repleto de juegos mentales para mantener al espectador utilizando algunos trucos a nivel narrativo muy clásicos del género, los protagonistas desmoronándose mientras afloran sus temores más recónditos. En este sentido, la cinta no sólo guarda similitudes con la anterior obra de los cineastas, sino que están muy presentes referentes de terror como ‘El Resplandor’ de Stanley Kubrick e incluso la canadiense ‘Al final de la escalera’ de Peter Medak. Pese a los citados clichés, la cinta consigue mantener el interés y el suspense hasta un desenlace que no decepciona y sobre todo… es coherente.

 

 

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