Sitges 2020: La Vampira de Barcelona

El caso Enriqueta Martí, también conocida como Vampira del Raval, conmocionó a la Barcelona de principios del siglo XX. Esta mujer pobre y enferma (física y muy probablemente mental), residente en la actual calle Joaquín Costa, fue acusada y sentenciada a muerte por el asesinato de una docena de niños y niñas desaparecidos. ¿Asesina despiadada o cabeza de turco? Multitud de libros, cómics y documentales han intentado dar respuesta a este suceso, y ahora Lluís Danés nos da su visión en ‘La Vampira de Barcelona’, película de ficción donde Nora Navas se pone en la piel de la protagonista.

Nora Navas es Enriqueta; papel breve pero muy intenso

El tortuoso camino hacia la verdad

Protagonista… relativa. Lo cierto es que la presencia de Navas en la cinta es corta -aunque intensa-, pues el verdadero protagonista de ‘La vampira de Barcelona’ es Sebastià Comas (convincente Roger Casamajor), un periodista marcado por un pasado trágico y que se resiste a creer la versión oficial que dice que Enriqueta, mujer del lumpen, es la culpable de los asesinatos.

Decidido a dar con la verdad, Sebastià se introduce en los bajos fondos de la ciudad, revelando lo que parece ser una trama de prostitución con niñas. ¿Es verdad o producto de sus delirios producidos por el abuso de morfina? Evidentemente la versión de Sebastià no convencerá a nadie, por lo que el joven periodista irá en contra de la policía, la prensa (entre ellos, el director del periódico donde escribe, que además es su tío) y, por supuesto, la alta burguesía catalana.

Lejos de la Barcelona de estética realista que han retratado películas situadas en una época similar, como ‘La ciutat cremada’ o ‘La verdad sobre el caso Savolta’, ‘La vampira de Barcelona’ apuesta por el expresionismo. Lluís Danés hace uso de multitud de efectos visuales y de un uso continuo de la teatralidad para mostrarnos una Ciudad Condal de (oscuro) cuento de hadas.

Roger Casamajor como Sebastià, un periodista (¿demasiado?) comprometido con la causa

Una Barcelona de oscuro cuento de hadas

Toda la película está rodada en interiores donde abunda el blanco y negro. Espacios diáfanos en los que, a menudo, la acción presente se interrumpe por un recuerdo o por un hecho posterior en el mismo plano: aquí encontramos cambios de iluminación propios del teatro o retazos de color, sobre todo de rojo, ya sea en representación de la sangre o del precioso traje de una de las protagonistas.

El blanco y negro manchado de rojo, que irremediablemente nos recuerda desde ‘Sin City’ hasta el cine mudo de los años 20, se ve interrumpido por unos potentes colores cálidos en una sola localización: el prostíbulo donde, según Sebastià, se están produciendo los crímenes. La Barcelona oscura, sucia y de gente desarrapada da paso a estancias llenas de cortinas y muebles lujosos y personajes que desatan su lujuria. En este punto la película de Luis Danés se acerca más al fastuoso cine de Tarsem Sigh (‘La celda’) o incluso al Ryan Murphy más sofisticado (‘American Horror Story’, ‘Ratched’).

La estética irreal de Danés es todo un acierto y el gran mérito de la película. A falta de un presupuesto mayor, optar por la teatralidad, un uso creativo de la luz y el color y recursos propios de los inicios del cine hace de ‘La vampira de Barcelona’ una obra singular, aún y cuando viéndola nos vendrán infinidad de referencias a la cabeza en materia de cine, literatura o novela gráfica. Además, esta falta de realidad permite introducir pequeñas licencias anacrónicas que en un contexto realista no funcionarían.

Nuria Prims, la madame del prostíbulo que da un toque de color a tanto blanco y negro

Han pasado 100 años pero no somos tan diferentes

Más allá de su apabullante estética, dramáticamente ‘La vampira de Barcelona’ no cuenta con grandes sorpresas. El descenso a los infiernos del pobre Sebastià es algo prototípico, la trama de amor cojea (aunque tiene su sentido) y, eso sí, las breves apariciones de Enriqueta dejan muy mal sabor de boca y nos confirman el talento de Nora Navas.

Aunque la trama de Sebastià nos remite a muchas películas que hemos visto antes, es inevitable empatizar y sentir mucha impotencia ante sus problemas e incluso ante los de Enriqueta; no dejan de ser dos personajes marcados por las circunstancias, el extracto social y la época que les tocó vivir.

Enriqueta es condenada, no tanto pos sus supuestos crímenes sino porque es mujer, pobre, enferma, madre soltera y ex-prostituta, todo un estorbo, algo que hace feo en una ciudad que se las da de moderna en plena expansión del Plan Cerdà.

Y Sebastià no avanza en su investigación porque Barcelona, más allá de su modernidad, es una ciudad podrida y corrupta. Aunque un supuesto caso de trata de menores ahora sí se investigaría la sensación de que las grandes esferas tapan escándalos, sigue ahí. Eso por no hablar de como nos muestran el barrio del Raval, una “ciudad sin ley” antes y ahora: en 1912 puede que fuesen los antros de prostitución sospechosos de corromper menores; en 2020, el problema de los narcopisos, difícilmente controlable aún y los esfuerzos que se hacen desde la administración.

Otra vuelta de tuerca al caso Enriqueta Martí

Quien esté algo familiarizado con el caso Enriqueta Martí quizás no se sorprenda con la tesis de la película, posiblemente la explicación más plausible a lo que realmente ocurrió. Ahora bien, el hecho de introducir un personaje ficticio, el del periodista, y de optar por una estética tan sugerente hacen de ‘La vampira de Barcelona’ una obra de interesante visionado a medio camino entre el drama criminal y el terror más puro.

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